
En las dictaduras argentinas, Alejandro Horowicz se instala en el nivel superior del ensayo político; en realidad, ratifica su ya reconocible don de escritor (Los cuatro peronismos), y lo supera. Es mi juicio. No inapelable, por cierto. Gracias a Horowicz, a este libro de Edhasa de casi cuatrocientas páginas, recibí -nunca tardíamente- el más implacable, bello y desgarrante retrato de “lo argentino”, en el contexto histórico del 24 de marzo de 1976. Naturalmente, en ese “lo argentino” Horowicz introduce de bruces y narices al lector. A mí, por ejemplo. Lo sacrifica y lo expurga; lo revuelca y sacude, y lo humaniza y reivindica. Sé que este entusiasmo es contradictorio: ¿cómo es posible que un texto repare, alivie y, al mismo tiempo, retuerza hasta hacerse intolerable? Prueben la experiencia. Transcribiré un fragmento del libro como indicio. Escribe Horowicz: “Admitamos, entonces, un comportamiento institucional homogéneo del sistema político frente al golpe de 1976. El sistema había sido cooptado por el Proceso. Y la gente común, ¿cómo se comportó? Para comprobarlo es útil leer la petición administrativa que empleados de la morgue judicial de la ciudad de Córdoba dirigieron a la Presidencia de la Nación, el 30 de junio de 1980: Es imposible, señor Presidente, describirle una imagen real de lo que nos tocó vivir al abrir las puertas de la sala donde se encontraban los cadáveres, dado que algunos llevaban más de 30 días permaneciendo en depósito sin ningún tipo de refrigeración, una nube de moscas y el piso cubierto por una capa de aproximadamente diez centímetros y medio de gusanos y larvas, los que retirábamos en baldes cargándolos con palas. Nuestra única indumentaria era pantalón, guardapolvo, botas y guantes algunos. Otros tuvieron que realizar este trabajo con ropa de calle. Los bozales y gorros fueron provistos por la Dirección del Hospital por atención del subdirector, debido a que carecíamos de los mismos. A pesar de esto, no tuvimos ningún tipo de reparos en realizar la tarea ordenada; es de hacer notar que la mayoría de los cadáveres eran delincuentes subversivos. Morgueros y Ayudantes Técnicos de Autopsia en la caja del camión junto con los cadáveres y custodiados por dos móviles de la policía de la Provincia, correspondientes a un operativo montado para tal fin, nos dirigimos al cementerio de San Vicente. Es inenarrable el espectáculo que presentaba el cementerio; los móviles de la policía alumbraban la fosa común, donde fueron echados los cadáveres identificados por números y como punto de referencia los pilares de la pared cercana, detrás de la cual e, inclusive, arriba de los techos los vecinos al cementerio observaban la macabra tarea realizada”… Anota aquí Horowicz: “La mayoría de los cadáveres eran delincuentes subversivos. ¿Cómo saber que se trata de subversivos? La pregunta no se formula, ya que es una presuposición compartida. Así se los trata porque son subversivos. El trato es la prueba. Sin embargo, una imprecisión colorea el relato, dado que el texto dice: ‘La mayoría de los cadáveres’. ¿Algunos de los cadáveres no son subversivos? Entonces, ¿por qué reciben ese trato? Y si lo reciben, ¿cómo saber que no lo son? ¿Un atisbo de crítica? ¿Una imprecisión administrativa? ¿Un modo de lavarse las manos? No lo sabemos”…Y concluye su cuestionario en soliloquio: “En el fondo del escenario los curiosos observaban la macabra tarea realizada. Estos participantes pasivos (los curiosos) pueden observar el ‘espectáculo’ sin mayores riesgos. Saben que ese trato sólo se dispensa a los ‘subversivos’ (comparten la presuposición del Proceso: subversivos son los que son reprimidos como tales) por tanto la amenaza no los incluye. El ‘por algo será’ funciona como una delimitación operativa”. No puedo parar de transcribir otro párrafo, permítanme el abuso. Es éste: “El Proceso, culminada la masacre, moriría de inanición política… Por eso insistieron con seguir en el gobierno, y por eso protagonizaron la aventura malvinera. Cuando la guerra se transformó en derrota, un nuevo acto de travestismo político recorrió la sociedad argentina, y la ‘mayoría patriótica’ antiimperialista devino ‘mayoría democrática’ del alfonsinismo. No estoy diciendo que sociológicamente ambas mayorías estuvieran compuestas exactamente del mismo modo, sino que posicionalmente ocuparon el mismo lugar”.
“… Ahora bien, en 1983, con sólo recitar el preámbulo de la Constitución, la gente caía en éxtasis… Como toda lucha, debía ser evitada, el programa de la mayoría amorfa se redujo a vivir en paz, y para lograrlo era preciso evitar todo tipo de enfrentamientos, porque los enfrentamientos -quién lo ignora- conllevan la derrota, y la derrota supone un inevitable menú de desaparición, tortura y muerte. Por tanto la paz, esto es, el terror estabilizado”.
En esta parte cualquiera puede reaccionar diciendo que nunca fue parte de una mayoría amorfa. ¿No?
¿O sí? Pero el revulsivo Horowicz insiste con una cita de un personaje de la película Luna de Avellaneda: “… Cada vez queremos menos y por eso cada vez tenemos menos. Y queremos menos, tenemos menos, queremos menos, tenemos menos, hasta que no tengamos más nada”. Y sigue: “Con este horizonte en la retícula, la sociedad argentina votó en 2003 a Néstor Kirchner, esto es, votaba el programa duhaldista para la reconstitución a futuro de la mayoría amorfa”... Por supuesto que sigue y ciertos interrogantes del texto se aclaran aunque no siempre a gusto de todos los ojos. Hasta aquí el libro. Asentir o negar, aplaudir o putear. La lectura es democrática, aunque no desapasionada ni neutral. Otra ensayista, pero de volumen fanático, Beatriz Sarlo, da pruebas orales de lo anacrónica que es la neutralidad. Desesperada por no perder el ya dudoso sitial de gema preferida del periodismo opositor oligárquico, en el que compiten con codicia de gloria otros ensayistas y periodistas adeptos de la no neutralidad, se simplifica hasta la barbarie. Por eso, dijo para volver a resonar como diabla que el programa del canal público 6,7,8 es “descerebrado y estúpido” ; usando, para desarrollar esa calificación, todo su cerebro y toda su estupidez. Eso sí, sin neutralizar.
No hay que negar que, en su caso, no ser neutra es una virtud aunque sea oblicua. ¿Qué es la neutralidad? Palabra tan meneada en tiempos hondamente subjetivos. La neutralidad no es ni de uno ni de otro, no se inclina hacia ningún lado, no es humana. Ni divina. Neutral se define al compuesto que no tiene carácter ácido ni básico; y en el reino animal se les llama neutros a los animales en estado adulto asexuados. O a los políticos que privilegian la no política y únicamente se ocupan de neutralizarla.
Neutral es el papel higiénico en el rollo, antes de pasarlo por el culo. Pero no lo son -a Dios gracias- esta crónica; ni el 24 de marzo de 1976 implacable libro de Horowicz; ni el 24 de marzo de 1976
Fuente: Revista Debate








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