
Es difícil restarle importancia a las mentiras del Intendente, al exponer ante los medios los sueldos municipales, a partir de ejemplos claramente escogidos y que no son representativos de lo que perciben el conjunto de los trabajadores; o al justificar el aumento a la planta política por la responsabilidad de estar todo el día a disposición, lo que no pasa de ser un chiste de mal gusto; o al considerar que la demorada aprobación del presupuesto fue limitante para la obtención de recursos cuando, en realidad, fue determinante el Departamento Ejecutivo en las prórrogas para su envío, tratamiento y aprobación; o al decir, mientras sigue encerrado en su intransigencia, que “ está preocupado y ocupado, con el mayor deseo de llegar a un acuerdo entre las partes”, pretendiendo justificar su inasistencia al Concejo.
Pueden admitirse, si hay voluntad para corregirlos, los sucesivos errores en el manejo y la clara subestimación del conflicto con los empleados municipales, o la falta de oportunidad al otorgar el exagerado aumento salarial a la planta política.
Pero aún con la importancia que realmente tienen estas situaciones, lo que es tan preocupante como inaceptable, es el desprecio total a las formas democráticas que ha exhibido, en esta oportunidad, el Intendente.
En realidad, haciendo un poco de historia, ha sido una manifestación coherente con su accionar en el tiempo.
Recordemos como antecedente el haber impedido, como protagonista destacado, mientras era miembro de la oposición, el discurso de apertura de sesiones del CD, por parte del entonces Intendente Jorge Izarra y también las recurrentes declaraciones a los distintos medios periodísticos: “Habría que cerrar el Concejo” cuando las resoluciones del cuerpo colegiado le resultaron adversas, siendo ya gobierno.
Pero ahora, al no asistir a la sesión inaugural del Concejo Deliberante “. . .hasta tanto no se retomen los cauces de lo cotidiano en el trabajo, en aras de favorecer el normal desarrollo de las actividades legislativas. . ”, no sólo limita, en forma prepotente, una ceremonia habitual y característica de la democracia, sino, además, la vincula con un conflicto por él generado.
Y para culminar explica su ausencia, timorata e irresponsable, pues lo hace “. . .preservando la democracia, con deseos sinceros de continuar trabajando por y para la comunidad”.
Enfatizemos entonces el repudio que, tanto desprecio a la democracia, merece.
Pero, además, redoblemos la defensa de este sistema político, en la tarea cotidiana junto a nuestra gente, rumbo a la ciudad que anhelamos.








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