
En la Argentina, no solamente se consumen más galletitas que en cualquier otro país del mundo como acaba de saberse, sino que se consume más peronismo, pseudoperonismo, hiperperonismo, infraperonismo y desperonismo que cualquier otra adhesión partidaria. Para esto sobran estadísticas. Nada hay aquí que no haya sido tocado por el élan vital (Henri Bergson) del peronismo; trátese de un voluntario peronista o de un peronista involuntario. O de uno imperceptible, o desganado. El antiperonista, por su parte, es un cautivo ya crónico que alimenta al peronismo como, a su pesar, alimenta el deseo la opresión de reprimirlo. Es lo único partidario que sobrevive a las mutaciones más torcidas o endiabladas; y a diferencia de todos los otros partidos o tendencias que, si sobreviven, lo hacen destartalados o evanescentes, es el que renace lo más campante como si nunca antes hubiera estado maltrecho o doliente.
Si se estima en doce kilos per capita y por año el consumo de galletitas -desde las lisas y sin sal, a las barrocas y rellenas hasta el empalago-, también podría estimarse en megatoneladas la peronización ambiental argentina sumando sufragios, internas, intensidades favorable y desfavorable, frecuentación de la polémica, demanda política, mercado mediático y abundancia de aspirantes de todo tipo a ser ambientalizados peronistas, tanto como pseudo o infra o aunque más no sea de colados. Últimamente se suman los grupos, grupetes o grupíes que se pretenden más peronistas que quienes gobiernan. Fantasean que, sin el kirchnerismo, van a dar un perfil peronista más puro e incontaminado, pero acaban revelándose como antiperonistas travestidos de peronistas cuya inautenticidad queda al descubierto cuanto más nombran a Perón y Evita. Todo esto para decir que el PRO lanzó su vertiente peronista. Y algo curioso: también en la provincia de Buenos Aires se lanzó otra. Pero, ¿cómo, si el gobierno bonaerense es peronista? Bueno, será para redoblar su pertenencia. No incluyo más aspirantes porque últimamente sobran miméticos ubicuos. Es decir, antiperonistas que son capaces de cruzarse con cualquier especie “algo” peronista para pasar públicamente por peronistas y tratar de subir en las encuestas. Lo increíble es que el peronismo nuclear y multidiverso haya logrado resistir a la angurria y el empalago de estar en boca de todos y siga manteniendo, en su sabor cambiante, la atracción de las papilas gustativas políticas. Ya no se puede tragar gato por liebre. Hoy, el paladar argentino es gourmet y percibe el gusto del gato por más condimento y camouflage que lleve.
Éste es un verdadero dilema químico. Ningún otro partido o coalición puede obtener ese diploma de excelencia colectiva. Se han estado armando agrupaciones, siglas, consensos multipartidarios e ideológicos que no “funcan”. Ya nacen difusos y confusos. Ni siquiera son neutros. Porque la de “neutro” ya sería una definición que no tienen. Se me ocurre para parangonar la preeminencia del peronismo, esa idea que anticipé: la del élan vital, de Bergson. Él dice que “Dios se está haciendo” y que si se está haciendo nunca termina de ser: “Es inacabado, es libre de seguir haciéndose”. Por lo cual, ir contra Dios es inútil porque si Dios es siempre otro, al que se ataca es al pasado, y el que vale es el nuevo. ¿Qué estoy tratando de decir? ¿Que el peronismo es invencible? No, pero que si no se está atento a sus cambios no hay forma de darle en el blanco. Apuntar al anterior no logra acertar con el nuevo. Eso es lo difícil. O lo imposible. Cómo evitar o parar la libertad del peronismo. Mientras Dios siempre se está haciendo, los demás se deshacen. O cesan. Es lo que les sucede a tantos partidos políticos carentes de esos dones de sobreexistencia. Lo raro es que la alta Iglesia argentina no se haya dado cuenta. No lo advierte siendo que es su Dios, justamente, el que le enseña. Estar haciéndose es no estar encerrándose. No estar dejando de hacerse. Por encerrarse en el Te Deum de la Catedral, donde proferían ditirambos antipolíticos amparados en el 25 de Mayo, la política “destedeuminizó” la ideología antipolítica de la ceremonia. Desactivó la desvirtuada barricada del púlpito y la armonizó con la realidad de la patria. Es que la patria también se está haciendo. Por más que haya quienes quieran deshacerla o aún peor: no hacerla. Antes, los gauchos lucían todos patrióticos, aunque no todos lo eran. Pero ahora no. Hay gauchos que mejor que le paguen a la patria sus impuestos y, recién después, canten el himno. En cuanto a las galletitas, las estadísticas dicen que saladas, amargas, insípidas y dulces forman parte de la dieta argentina. Es que son la sofisticación y refinamiento alimenticio del pan. Entonces, el peronismo kirchnerista es la sofisticación y refinamiento de la pausterización política. Disculpen este exceso retórico y filosófico. Es un entusiasmo instintivo. Acuérdense, el problema de ciertas especies zoológicas es que en cautiverio no pueden copular ni reproducirse. Por suerte, en la Argentina la reproducción humana es cada día más intensa. Señal de la libertad. Por eso hago uso de la mía.
Fuente: Debate, Por Orlando Barone








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