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Alianzas en crisis

martes, 31 de julio de 2012 0 comentarios

El kirchnerismo ha ingresado en una
etapa de acumulación y concentración del poder. La expresión gestual de Cristina Fernández de Kirchner, en Rosario, “vamos por todo” era una convicción, no una consigna. La Presidenta ha asumido más resolutivamente el rol de conductora del kirchnerismo/peronismo, ratificando día a día su legitimidad. Hay un movimiento centrípeto por el desborde de la crisis mundial que ya ha desembarcado en nuestras orillas y también en las brasileñas, uno de nuestros socios estratégicos. La ola económica mundial asoma como una amenaza para la política y es el momento de cuidarla, de confirmarla.
El kirchnerismo utiliza el poder al mango y no deja resquicios que puedan ser utilizados por una oposición más corporativo-mediática que partidaria.
Hay un Gobierno que gobierna, por encima del desmejoramiento relativo de algunas variables, y esto es algo insoportable para muchos. La política de alianzas para el Gobierno ha tenido un perfil más electoral que de vocación frentista. Por eso, a los eventuales asociados les cuesta perfilarse ante la omnipresencia kirchnerista; acompañan y no coconducen. Es evidente que, desde 2003 a la fecha, el kirchnerismo ha gambeteado diversos modos de controlarlo, desde Eduardo Duhalde hasta la Sociedad Rural y no cede porciones de poder.
Las fuerzas kirchneristas no peronistas no esperan mucha apertura de un Ejecutivo decisionista, pero permanecen en un barco que, si bien es timoneado con pragmatismo, tiene una direccionalidad que hace justicia con parte de la historia del peronismo y del progresismo.
Así como el radicalismo tiene escasa vocación frentista, el peronismo siempre ha sumado y articulado con otras fuerzas, pero sobre todo ha impuesto su número. Hoy, carente de oposición orgánica, el kirchnerismo construye poder día a día, sobre la base de la edificación de un porvenir, que tiene en Cristina su numen y su límite. La visión extendida expresada en muchas medidas de gestión y en la creación de superestructuras que siembran la militancia, indican que la sucesión sólo puede pensarse desde el futuro. La respuesta a la pregunta sobre quién es la mejor alternativa es obvia; y depende su concreción de factores objetivos y subjetivos que aún no han decantado.
El impulso de las transformaciones hechas y pendientes violenta los propios límites institucionales y la continuidad sólo puede ser objetada desde una racionalidad meliflua en su formalidad. Lógica institucional o lógica política. A veces entran en tensión: en el peronismo siempre.

Y como la oposición profesional está en un agudo estado de insignificancia, nacen en el interior peronista, una vez más, los gajos que quieren desprenderse de su centro. Hugo Moyano y Daniel Scioli son la oposición real, pero diferentes entre sí, el primero constituido por él mismo y ayudado por aquéllos que colaboraron en enmudecer el teléfono rojo. El antagonismo del primero hoy alcanza urbi y orbe al Gobierno y a la conducción del movimiento, y su paso a la política está limitado por su propia desmesura. Logró mejorar, un poco, su imagen negativa, entre el antiperonismo, como flor de un día.
Maquiavelo en estado puro prima en la voluntad de dividir a la conducción sindical si no puede ser dominada. Pero, si bien no es una buena noticia el regreso de los muertos vivos, la Presidenta debe haber sentido alivio porque la legitimidad del secretario general mengue. Queda una gran tarea por hacer en el cauce de estos días, abordar lo pendiente: poner el foco en el modelo sindical y reconstituir la unidad y la alianza. Sería una contradicción del propio relato si no se modernizara la estructura de representación mientras avanzan los derechos sociales y civiles. Es posible que esta transición habilite la aparición de propuestas renovadoras en el mundo sindical, pero la tarea no es presidencial.
Moyano se verá obligado a continuar el camino iniciado hacia la política. No es posible vaticinar mucho éxito en el caso de que transite por los andariveles tradicionales. En el caminar es posible que se cruce con el gobernador de la provincia de Buenos Aires, sumando desplazados del kirchnerismo.
Aquel acto en River en el que demandó un presidente trabajador -en realidad, quiso decir un dirigente sindical- encontró en Cristina una valla que se fue amurallando. El fallecimiento de Néstor lo puso, definitivamente, fuera de la mesa chica.
El caso de Scioli es diferente, primero porque el gobernador no se siente ni fuera ni adversario del kirchnerismo. Y hace fe de su adhesión más por una lealtad personal, que por la fidelidad a las ideas. Fue leal a Menem, a Duhalde y a los Kirchner. Ésa es su fortaleza y su abismo. No cree, al igual que Macri, en la controversia de enfoques, en la existencia del conflicto en democracia; y se preocupa por colocar un discurso a la medida de la opinión pública. Cree, como Macri, que la gestión no tiene ideología. En el núcleo duro del kirchnerismo se piensa que si fuera presidente abdicaría ante las corporaciones, porque carece de esa energía del pensamiento emancipatorio que constituye el pilar fundamental de la creación kirchnerista. No tiene forma de treparse al relato kirchnerista sino desde una imaginaria concordia con Néstor Kirchner y con Cristina. Pero Scioli tiene la voluntad física y psíquica individual, desde hace años, de ser presidente. Es un modelo de individualidad, un paradigma del deportista solitario, vacío de colectividad.

Justificar el concepto de alianza del Gobierno con Scioli es difícil, porque no es el jefe ni el líder de una tendencia. De hecho, el kichnerismo tuvo en el gobernador a un instrumento importante para la performance electoral. Un instrumento maleable y exitoso. Pudo construir algunos consensos por fuera del kirchnerismo y esto lo vivió el candidato como su ventaja comparativa y una promesa a futuro.
La decisión adelantada de su aspiración es una reacción ante la situación de hostigamiento político a que lo somete el kirchnerismo bonaerense. Lo empujan; y, en gran medida, su porvenir tiene que ver con que esa presión logre o no su éxito. Considerando su peso específico es probable que en el trayecto al Palacio de Invierno algunos queden en el camino. La coacción favorece la hipótesis de un Scioli que compita por afuera del oficialismo, en tándem con Sergio Massa.
El gobernador debe considerar que las consecuencias de sus acciones y declaraciones terminan entrometiéndose con la conducción de CFK. A tres años vista, meter una candidatura, aunque sea detrás de la Presidenta, es generar una reorientación del interés público y una eventual pérdida de protagonismo de Cristina.
Lo que debe comprenderse es que esta lucha es política, por las ideas, por diferentes visiones, por diferentes estilos de vida. No hay manera de resolverlo si no es desde la política. Parece imposible conjugar una presidencia de Scioli con la conducción de Cristina.
Su condición de opositor es construida por los otros y esa construcción supone conjeturar posibles caminos hacia el futuro, como una historia cerrada y enlatada. Es posible suponer que Scioli encuentra más solidaridades de sus pares y algunos intendentes que las que se difunden públicamente. Es posible también que dirigentes del PJ, sobre todo en algunas provincias, vean al gobernador como el titular del salvataje del pejotismo. Ese PJ que, como definió Moyano, es una cáscara vacía. Pero aquellas esperanzas sólo pueden tener algún peso si el kirchnerismo naufragara y él abandonara el barco, cosa que nunca hizo. Pero tampoco nunca antes lo atacaron con minuciosa dedicación.
En síntesis, el Gobierno concentra fuerzas y no debería perder de vista la reconstitución de la alianza con la clase trabajadora organizada. En otro plano, Scioli no es un aliado, es un dirigente electoralmente potente que va por el premio mayor, y hoy el peldaño es el kirchnerismo. Es muy probable que, a medida que el tiempo pase, el debate político con respecto a su administración adquiera el carácter de una final; mientras, la definición sobre la sucesión tardará en llegar.
Fuente: Debate

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