Con las negociaciones paritarias cada vez más arraigadas en las relaciones entre empresas y trabajadores, la productividad vuelve a la mesa de discusiones. Los empresarios advierten sobre la pérdida de competitividad de la economía y hacen hincapié en que los salarios subieron tanto que ya se comparan con los “costos” en dólares de la convertibilidad. Los trabajadores y sus representantes recuerdan cómo la devaluación asimétrica de 2002 destruyó el poder adquisitivo y multiplicó la tasa de ganancia, y retrucan que todavía se sienten sus efectos en la distribución del ingreso. Éste es el tira y afloje que viene, en tiempos de “sintonía fina”.
No son pocas las consultoras económicas que advierten sobre la creciente caída en la productividad, entendida como la diferencia entre el crecimiento de la actividad de un sector y el nivel de empleo. La falta de un indicador unívoco para medir su evolución hace que existan datos dispares y hasta contradictorios.
Finsoport, la firma que dirige el economista Jorge Todesca, alertó en un reciente informe que “en 2011, el costo salarial ajustado por productividad retornó al nivel de 1998”, que fue el año de mayor esplendor de la convertibilidad y, a la vez, el que significó el inicio de la debacle que terminó en la crisis. Otros economistas, en cambio, no son tan terminantes.
Del otro lado de la biblioteca, un estudio del investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Pablo Manzanelli, asevera que la productividad laboral aumentó entre 2002 y 2010 casi un 40% y que eso bastó para mantener elevada la tasa de beneficio de las empresas a pesar de los aumentos salariales. A su vez, la Unión Industrial Argentina (UIA) considera que la situación es heterogénea, tanto entre los distintos sectores manufactureros como en función del tamaño de las empresas y de la localización geográfica.
La devaluación asimétrica de 2002 representó una notable transferencia de ingresos hacia las empresas. En pocos meses, sus costos en dólares pasaron a representar un tercio o un cuarto de lo que significaban. Eso y la elevada capacidad instalada ociosa marcaron los primeros años de la recuperación económica. En otras palabras, las empresas ganaron “competitividad” de una forma abrupta y a costa del poder adquisitivo de sus trabajadores.
Cambio de tendencia
La productividad aumentó de golpe, pero para recuperar terreno perdido. En una investigación sobre la tasa de ganancia empresaria que presentó en el IV Congreso Anual de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA), Manzanelli relató la evolución de la productividad desde entonces. “Si bien la productividad laboral evidenció un considerable incremento durante el período 2002-2010 (39,7%), recién en 2007 superó el nivel de 1997. Es decir, que tal excepcional aumento es, en una medida no desdeñable, la contracara de su caída entre 1997 y 2002”, afirmó.
Según sus datos, la productividad aumentó de forma constante. Primero, por la capacidad instalada que había quedado ociosa y, luego, por las nuevas inversiones. “En el primer lustro de la posconvertibilidad pareció haber jugado un papel central el aprovechamiento de las capacidades instaladas ociosas. Después, en el marco de una elevada tasa de inversión, la productividad del trabajo experimentó un ascenso considerable durante el cuatrienio 2007-2010 (15,4%)”, aseveró Manzanelli.
El incremento de la productividad se notó en las empresas de todos los tamaños. El Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) indicó que, en los últimos cinco años, las industrias automotrices, alimentarias y del caucho lideraron las mejoras en la productividad, a fuerza de inversiones, de un mejor uso de la capacidad instalada y, en el caso de los fabricantes de autos, de bonificaciones a los trabajadores.
El Iaraf consignó que la industria alimentaria “es la que más ha aumentado la productividad laboral por hora trabajada en los últimos años”. Ésta subió en un 66% en cinco años, o un 11 por ciento anual. La productividad en la industria del caucho mejoró a una tasa del 6% anual en el quinquenio, o un 36% acumulado. Otro sector que hizo fuertes mejoras fue el de fabricantes de sustancias y productos químicos, donde el incremento fue del 5% anual o 33% en el quinquenio.
Según datos de la fundación Observatorio PyME, se incrementó un 30% entre 2002 y 2011 en las firmas industriales Pequeñas y Medianas. Pero su evolución cambió tras la crisis de 2009: si antes los aumentos en la producción eran acompañados en niveles similares por incrementos en la dotación de personal, después de esa pequeña recesión la contratación de trabajadores no avanzó a la par de la expansión. “En 2010, y por primera vez desde 2003, el crecimiento de las PyMEs industriales se basó casi por completo en mejoras de la productividad más que en la ampliación del plantel de personal”, aseveró el Observatorio en su Informe Estructural 2010–2011.
“El 2010 y el 2011 fueron años de fuerte crecimiento en los que, luego de la salida de la crisis, cada vez más empresas comenzaron a invertir y, por otra parte, la producción aumentó fuertemente pero no se incrementó en igual medida la cantidad de horas de trabajo”, afirma, en diálogo con Debate, la economista del Observatorio PyME, Laura Mastrocello. “En los últimos dos años, el nivel de ocupación no acompañó el crecimiento de la producción y por eso mejoró la productividad”, explica.
Sintonía fina
A comienzos de año, la presidenta Cristina Fernández anunció la creación de una comisión “de hecho” que, conformada por la ministra de Industria, Débora Giorgi, y el secretario de Política Económica, Axel Kicillof, ayudaría al Ministerio de Trabajo a destrabar eventuales conflictos en la negociación de paritarias con un análisis de la rentabilidad, la productividad y la competitividad de las empresas. “Les encargué que vayamos midiendo sector por sector cómo ha crecido la productividad y cuánto han crecido las fuentes de trabajo. Es para que cuando se empantanen las negociaciones, nosotros tengamos los números para saber si la demanda salarial afecta la competitividad, o si lo que se quiere pagar supera los estándares de rentabilidad”, explicó entonces la mandataria.
En rigor, eso siempre estuvo sobre la mesa en los últimos años. Las paritarias cerraron, en promedio, con subas de entre 23 y 25%, en línea con los indicadores de inflación provinciales y privados. En 2011, el salario real le había ganado entre tres y cinco puntos porcentuales al costo de vida. Pero el anuncio de Cristina devolvió a la mesa la preocupación por la pérdida de la competitividad, de la que los industriales alertaban cada vez con más énfasis. Al asumir, en diciembre, Kicillof creó la Subsecretaría de Coordinación Económica y Mejora de la Competitividad, que quedó a cargo de Augusto Costa. Este funcionario mantuvo reuniones en los últimos meses con empresarios de distintos sectores y fue recopilando números. La intención es devolver a la economía bríos perdidos por el aumento de costos sin recurrir a la salida devaluadora.
“Se mejoró, pero lleva tiempo”, dice a Debate el presidente de la UIA, José Ignacio de Mendiguren. “En los últimos tiempos se perdió (competitividad) y hay una inquietud del Gobierno para recuperarla. Pero no se pierde por una sola cosa. Tiene que ver con la energía, los precios, el tipo de cambio… cuando se suma todo eso”, afirma el industrial. Desde su visión, “en logística, hay sectores donde la Argentina tiene siete puntos de costo más que Brasil”. La UIA reclama, desde hace dos años, tener en cuenta las diferencias geográficas que existen a la hora de hablar de competitividad y, por ende, de negociar salarios. No es lo mismo para una empresa exportadora estar cerca del puerto que radicada en el noroeste del país, por caso.
Efecto colateral
Aquí es donde la productividad juega un papel clave. El Instituto Argentino sobre la Realidad Económica Argentina y Latinoamericana (Ieral) de la Fundación Mediterránea consignó que, en el segundo trimestre del año, la productividad cayó un 4,4% interanual, debido a que la actividad se estancó (y hasta cayó en la comparación anual) y el empleo fabril creció un 1,6%.
El Ieral elabora un indicador para medir la competitividad de la economía, llamado Costo Laboral Unitario (CLU), que sigue el costo de cada trabajador por unidad de producto en la industria. Ese índice subió un 21,78% interanual en el segundo trimestre, por el aumento de los salarios en dólares. “Si bien no se dispone de datos actualizados para Brasil, hasta el primer trimestre de este año se había abierto una brecha del orden del 20% a favor del vecino país en términos de competitividad, que no se ha corregido en el transcurso del segundo trimestre”, indicó el centro de estudios.
La Fundación Mediterránea comparó la coyuntura con la de la recesión de 2009. “La productividad, que había caído un 2,43% en el segundo trimestre del 2009 lo hizo en un 4,42% en 2012. Esta diferencia surge de una combinación distinta del comportamiento de la actividad industrial y del empleo sectorial. En 2009, a una caída en la producción del 6,8% interanual se correspondió una merma de 4,5% en el número de obreros ocupados (hubo destrucción del empleo industrial en aquella ocasión). En cambio, para 2012, una caída en 2,86% industrial del segundo trimestre (fuente Orlando Ferreres), se corresponde con una sorprendente variación positiva del empleo de 1,6% interanual”, analizó.
Algo similar se nota en las PyMEs industriales, según estima Mastrocello. “Desde el último trimestre del año pasado veíamos una desaceleración del crecimiento y, para este segundo trimestre (de 2012), la encuesta coyuntural muestra una disminución del nivel de actividad. No es que se crece menos. Hay datos oficiales y privados que muestran una caída en la industria. Las PyMEs anticipan esto porque es más difícil para ellas sostener el crecimiento. Este año el dinamismo del año pasado se está revirtiendo. Pero el nivel de ocupación se mantiene. La producción comienza a bajar antes que la ocupación y por eso baja la productividad”, explica la economista.
Para la consultora Finsoport, la productividad aumenta a un ritmo del 5 por ciento anual y no llega a compensar la caída en la competitividad que provocan el incremento de los salarios y de los costos y la menor depreciación de la moneda. La firma de Todesca distinguió entre los sectores “formadores de precios”, que atienden principalmente el mercado interno -tabaco, papel, madera, etcétera-, lo que compiten con importaciones y los “exportadores”.
El conjunto de actividades formadora de precios “logró trasladar significativamente a precios los incrementos en sus costos laborales no compensados por subas en la productividad, relativamente preservando los mayores niveles de competitividad -y, por ende, de ganancia- alcanzados tras la salida de la Convertibilidad”, consignó Finsoport.
Quienes compiten con importaciones y los exportadores, sin embargo, estarían en problemas, ya que el aumento en sus costos no se vio compensado por una devaluación del tipo de cambio similar. “La adversa coyuntura manufacturera de la economía argentina no responde al ‘desplome del mundo’, sino a la elevada tasa de inflación registrada desde 2007, que erosionó la competitividad a nivel macroeconómico y, en particular, en el sector industrial”, consideró la consultora de Todesca.
Pero para otros economistas, la cuenta no es tan lineal. En su investigación, Manzanelli hizo hincapié en cómo se recuperó la tasa de ganancias de las grandes empresas en los últimos años. Según sus datos, luego de la colosal transferencia de recursos que representó la devaluación asimétrica, la tasa de ganancias “se estabilizó con un leve decrecimiento (-4,9% entre 2007 y 2010), pero en un nivel mucho más elevado que el de los noventa. Tal es así que, en 2010, el índice de rentabilidad sobre el capital fijo superó en 49,5% al vigente en el período 1993-2001, y en 21,3% al registro de 1998 (el pico máximo de rentabilidad de la década de 1990)”. Así, la tasa de ganancia, que alcanzó un promedio del 24,8% anual entre 1993 y 2001, trepó al 37,2% entre 2003 y 2010.
Fuente: Debate
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