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"Aporte informativo orientado a una mejor comprensión de la realidad política, hacia la profundización de nuestro proyecto nacional y popular".
Una oposición dirigida desde su extremo
Para el diario La Nación, el gobierno nacional es “un grupo de individuos que ha malinterpretado el voto popular”. Escrita sin anestesia en la nota editorial del domingo 2 de setiembre, la frase no necesita comentarios ni se presta a interpretaciones demasiado sofisticadas: sostiene la ilegitimidad del actual estado político de las cosas en nuestro país. No es, por lo demás, una “perla” aislada interesadamente del contexto. Todo el texto del libelo está atravesado por una modalidad histérica en la adjetivación del actual gobierno y la insistente invocación a la rebelión por parte de los sectores “democráticos” y “republicanos” de nuestra sociedad. Claro, los días que corren no son totalmente idénticos a aquellos meses finales de 1975, cuando el mismo diario derramaba ríos de tinta para amplificar las voces militares y civiles que clamaban por el regreso de la moral a la política, el fin del caos y parecidos objetivos democráticos y republicanos. La marcada distancia entre la fortaleza de las instituciones y el respaldo popular a cada uno de los gobiernos a los que La Nación repudia aconseja una redacción final que exhorta a que “la acción política manifiesta, clara, rotunda”, procure llegar “al voto que la legitime como signo mayoritario”.
En este final está la clave de un profundo problema político de la Argentina actual: las clases históricamente dominantes del país no logran construir una fuerza política que habilite el logro de sus propósitos por la vía electoral; y no tienen al alcance de la mano el clásico recurso al que apelaron durante los años que van desde 1930 a 1983, el golpe de Estado. La mejor fórmula hasta ahora encontrada es la de la construcción de atmósferas sociales difícilmente respirables que activen situaciones políticamente ingobernables. El otoño y el invierno de 2008 fueron el gran laboratorio en el que se probó la estrategia que, en aquellos días, no consiguió su objetivo en plenitud, pero creó condiciones para un debilitamiento del Gobierno cuya expresión electoral llegó en junio del año siguiente. La cuestión de la atmósfera irrespirable se manifestó, entonces, de modo literal: la ciudad de Buenos Aires quedó envuelta en el humo que provenía de insurgentes pastizales cercanos.
Esta línea estratégica de los sectores del privilegio, articulados por las grandes redes mediáticas, tiene un efecto paradójico: pretende actuar a favor del surgimiento de un liderazgo y un complejo de fuerzas alternativas de poder político y, al mismo tiempo, bloquea la posibilidad del surgimiento de tales fuerzas. La paradoja adquiere evidencia pública en la etapa posterior al triunfo parcial de la derecha con la derrota del proyecto de retenciones móviles en el Senado: el objetivo del debilitamiento del Gobierno había sido logrado pero la afirmación de la dependencia orgánica de las fuerzas formalmente políticas respecto de sus comandos corporativos y mediáticos fue un factor principal en el fracaso de la instalación de discursos y liderazgos promisorios en su virtualidad electoral. Sin mucha dificultad, la comunicación favorable al Gobierno pudo colocar a los emergentes políticos del conflicto -Julio Cobos en primerísimo lugar- en el lugar de figuras absolutamente dependientes de agencias externas al sistema político considerado en un sentido estricto.
El problema dista de estar resuelto. Una expresión algo apartada de los tiempos vertiginosos de la política mediática podría formularse así: el núcleo más extremista de la contestación política al proceso de cambios abierto en el país después de la crisis de 2001 ha tomado firmemente el timón en el movimiento general opuesto al actual Gobierno. El extremismo, se sabe bien desde la izquierda, es un mal consejero a la hora de enfrentar situaciones difíciles desde el punto de vista de las correlaciones de fuerza; puede funcionar, no sin perjuicios a su propio campo general, en el momento de exaltación revolucionaria, pero funciona como una garantía de impotencia política en tiempos más calmos y, sobre todo, en ciclos de retroceso. Algo de eso hay en la actual peripecia de las derechas.
Tomemos el caso de una de las ciudadelas más potentes en las que la derecha ha logrado consolidarse, la ciudad de Buenos Aires. Una hoja de ruta pragmática alentaría la idea de un buen gobierno local, capaz de resolver problemas que en su momento no pudo resolver el gobierno nacional. En el camino habría que ir desarrollando gestos políticos que ayudaran a superar prejuicios antiporteños en los votantes de otros distritos. Y sería aconsejable que el camino estuviera jalonado de guiños hacia el centro del electorado, no solamente local sino de todo el país. De manera que habría que evitar quedar maniatado en la lógica del bipolarismo político construido alrededor del eje kirchnerismo-antikirchnerismo. Pues bien, el gobierno de Macri ha caminado en el sentido exactamente opuesto; en el camino del debilitamiento de la autonomía porteña por la vía del desentendimiento respecto de cuestiones que, como la del transporte subterráneo, constituyen oportunidades de mostrar buena administración, sensibilidad social y autoridad política. Toda la brújula del macrismo está dispuesta en la dirección de mostrarse como el sector político más antagónico con el kirchnerismo, no importa cuál sea el precio en términos de la calidad del gobierno y del crecimiento de la figura política de su líder. Es un gobierno antisindical, enfrentado sistemáticamente al desarrollo de las iniciativas de cultura popular, políticamente intolerante, cultor de la subejecución de los presupuestos y del incumplimiento de los contratos y hasta de las leyes. La capacidad de sumar voluntades a aquéllas con las que ya cuenta en el cuadrante cerradamente antikirchnerista de la sociedad se restringe al máximo, a cambio de mostrar credibilidad y ganar confianza en los comandos informales del movimiento opositor, intransigentes frente a cualquier muestra de disposición a tolerar y reconocer la legitimidad del gobierno nacional.
La vanguardia mediática de la coalición opositora se solaza con supuestos o reales retrocesos de la adhesión social a la Presidenta aunque con alguna excepción, que parece confundir números con deseos, los guarismos de popularidad de Cristina sigan siendo muy altos, sobre todo en tiempos signados por las turbulencias internacionales. Las encuestas más optimistas para los círculos de la oposición siguen mostrando una dramática pobreza en el surgimiento de liderazgos opositores. Sin contar con que hace menos de un año tuvimos un sondeo con 23 millones de casos, puede decirse que, aun cuando obtenga éxitos, muy escasos hasta aquí, en el debilitamiento del apoyo al Gobierno, la estrategia de los comandos mediáticos sigue siendo un cepo insuperable para la constitución de una oposición con perspectivas de gobierno. El extremismo, sin embargo, es tan impotente en la construcción política como peligroso por su capacidad destructiva. Ésta, y no el populismo, es en la Argentina, y no solamente aquí, la verdadera amenaza que enfrenta la democracia.
Fuente: Debate, Por Edgardo Mocca
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