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Un grito de corazón

jueves, 1 de noviembre de 2012 0 comentarios

“A la pipeta”, “qué budinazo” y otras piezas envidia de cualquier tienda vintage, se suceden aquí sin escatimar ni dar tregua; panzas de burócratas señalizadas con tiradores, glúteos enfundados en polleras tubo, peinados raros a fuerza de glostora o bigudíes y hasta un nombre de muchacha quedado en el tiempo, Elvira.
Así irrumpe el pasado, con señas particulares e imágenes de archivo, en Memorias de una muchacha peronista, unitario que reconstruye vida y gestos de las décadas del cuarenta y cincuenta con una premisa muy conmovedora, utilizar el mismo lenguaje que la sociedad de entonces elegía para narrarse y soñarse a sí misma: la declamación, el noticiero, el folletín. Así, en clave retro, los personajes despliegan un discurso amoroso encorsetado por el decoro y el zaguán, las obligaciones de las mujeres aparecen enumeradas por una casadera que festeja dejar el trabajo para formar hogar, la actualidad es despedazada por los dueños de la noticia, los personajes se ufanan de lo que ahora nos reímos incluida una tecnología en pañales que resulta tan de caricatura como la prehistoria. Hasta tal punto la serie se alinea con el espíritu de la novela por entregas que subraya los dos objetivos aparentemente opuestos que la caracterizaban: entretener e instruir al unísono, si no ya a una masa de espectadores marcados por la inmigración, a una mayoría que ni siquiera reconoce los rostros de nuestras divas del teléfono blanco, para quien Perón es más una calle que el origen del peronismo, y las patas en la fuente, tal vez una comida. Como señal inequívoca de este objetivo dual, cada capítulo tiene, a falta de un título, dos. En uno se consigna el acontecimiento político que se quiere “enseñar” (“La caída de Ramírez”, por ejemplo) y en el segundo, lo que va pasando en los estudios de la radio donde transcurre la ficción, todo lo referido al amor, a lo que pasa entre los empleados, las internas entre medios y poder.

El peronismo tiene nombre de mujer
La protagonista de Memorias… tiene 23 años cuando empieza a trabajar como secretaria del dueño de la emisora. Se llama Elvira González, un nombre que guarda encriptado otro mayor; Elvira contiene a Evita, a Eva, primer gesto de una cadena de analogías que encontrarán en ese cuerpo y en esa mujer, el impacto del peronismo y también de su crisis. Si elegimos “una muchacha” y no a “los muchachos”, reflexiona Omar Quiroga, uno de los directores y guionistas de la serie, es porque si a alguien le cambió la vida el peronismo, fue a la mujer. Y nuestra idea era mostrar paso a paso los cambios personales y generales que el peronismo operó en la gente.
El voto femenino, la presencia inédita de mujeres en el Congreso, el acceso al trabajo, la incipiente sindicalización, el lugar en las calles, el modelo maternal y a la vez reivindicativo de Eva, son puntos clave, contemporáneos con las discusiones que venían de otras orillas y que el peronismo encauzó a su manera.
Además, aunque sólo los viejos y muy entendidos lo adviertan, la heroína es tocaya de Elvira Fernández, vendedora de tienda, película argentina en blanco y negro dirigida por Manuel Romero en 1942 y que tuvo como protagonistas a Paulina Singerman y Juan Carlos Thorry. Si fue casualidad la elección del nombre, también fue un feliz fallido ya que de todos los cineastas de una época de oro impulsada como parte de la estrategia mediática del peronismo, el prolífico Romero representaba la fusión entre romance y compromiso social o como tantas veces lo destacó la crítica, “ese lugar equidistante entre comedia y verdad”. El gesto de Romero se repite aquí, con el perdón de los años, y así, todo lo que pueda hacer ruido en Memorias…, desde la actuación vacilante o algún tono equivocado hasta trazos gruesos en su caracterización, lejos de ser errores o descuidos bien pueden ser consumidos como marcas de fábrica. El mundo puro y bueno del ayer, como decían los mismos tangos del 40 que se escuchan de fondo, es el núcleo de este unitario que comienza con el terremoto de San Juan y termina con el triunfo de la Revolución Libertadora. Es la historia de un romance, o mejor dicho, de dos.

El amor tiene cara de Perón
No todo es lo que se promete, o a veces lo mejor está en lo que no se cumple: a pesar del título, no aparece ni un solo personaje peronista en el primer capítulo y se diría que se justifica, ya que el 17 de Octubre recién se produce en el segundo. Pero la apuesta va más allá, ninguno de los que trabajan en la radio votará jamás a Perón, la única peronista será “la muchacha” a quien veremos, capítulo a capítulo, engallolarse con su galán y también con el Movimiento. Los guionistas evitaron la caída en el clishé de asociar la historia amorosa con el descubrimiento político: el festejante no la introduce en el tema, es ella, la inteligente, la valiente y la heroína quien lo abraza por convicción y alevosía. Con Elvira como excepción, el resto del elenco está compuesto por anarquistas, socialistas, conservadores, desahuciados por la experiencia de la Década Infame, esperanzados o distraídos (que hoy serían los resguardados bajo el paraguas de apolíticos o indecisos). Aun así se diría que todo lo que se ve, desde el modo de hablar hasta el modo de poner la cámara se inscribe en una estética peronista. ¿Es que existió el peronismo antes de Perón? Sin resolver la paradoja el unitario expone la bisagra entre lo que el peronismo expropió de otras realidades sociales y lo que generó como original.
Quiroga reconoce que la determinación de narrar este proceso amoroso le viene de su experiencia como investigador y guionista de Sinfonía de un sentimiento de Leonardo Favio. “Revisando archivos, cartas, testimonios, no me quedaron dudas de por qué la gente se enamoró de Perón. Lo extraño habría sido que no pasara. No es que quitó a ricos para darle a pobres, lo que hizo fue quitarle a algunos la exclusividad. Al resto, los que reclamaban y los que no soñaban, les dio una invitación a formar parte, a participar.”
Al elegir la radio como escena principal, el unitario se mete de lleno, con aparición de Apold mediante, en la discusión sobre el lugar del Estado en los medios masivos. A este vértigo se le agrega que en cada capítulo se adelanta un año y siempre pasa algo. Las marcas del paso del tiempo en ropa, paredes, muebles, posturas y acentos, constituyen un vocabulario con mucho más que mil palabras. Para alegría de la audiencia, ni Perón ni Eva aparecen salvo en las imágenes de archivo que los periodistas de la radio suelen revisar de los noticieros, resolviendo de este modo con elegancia un problema que en general los dobles de cuerpo suelen empeorar.
Quiroga, que no abandona su impulso de humorista desde que integraba en los noventa la dupla de humor radial conocida como Saborido y Quiroga, responde a la pregunta remanida sobre qué más quisiera decir antes de terminar esta nota, que “poné que uno hace esto para que las futuras generaciones puedan encontrarse con este testimonio y comprender lo que fuimos”. (Risas) Y no tanta risa, porque da toda la impresión de que la bromita se le va a cumplir.

Fuente: Debate

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