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Contamos lo que vivimos

miércoles, 16 de mayo de 2012 0 comentarios

No es fácil fundar un diario. Es hacer algo de la nada. La palabra desafío queda chica. Es más que eso. Se trata de materializar un posible inverosímil. De todas las variables que confluyen para una experiencia exitosa, la única más o menos manejable es la intensidad del deseo de hacer un diario. En definitiva, las ganas de participar de una epopeya. El resto, depende. Se puede tener una gran empresa detrás y fracasar en el intento. Un respaldo financiero generoso y hundirse a los pocos meses. Un plantel de excelentes periodistas y chocar contra la indiferencia social porque, quizá, escriban lo que nadie quiere leer. Una imprenta propia y ninguna audiencia. Un minucioso estudio de mercado de una consultora infalible y comprobar que nada encaja en los supuestos de los expertos. En realidad, nadie sabe a ciencia cierta por qué algunos diarios se quedan en el kiosco y otros naufragan, sin más. El que diga lo contrario, que muestre el diario que pudo hacer. No se trata de una cuestión matemática. En esta industria, dos más dos es cinco; y a veces, hasta seis. La receta, en fin, es que no hay recetas. Sólo algún que otro lugar común sobre lo que buscan los lectores en un diario, cualquiera fuere, repetido hasta el hartazgo para conjurar el pánico escénico de los pocos audaces que se atreven, pero donde la única verdad absoluta, anclada en la tierra movediza del azar, es la incertidumbre. En cantidades inmensas, además.
Cuando lanzamos Tiempo Argentino, un domingo de hace dos años, lo hicimos empujados por una hipótesis basada en lo que veíamos. Decíamos que hacía falta un diario nuevo porque el cambio de época que vivíamos no estaba siendo reflejado en toda su dimensión por los diarios que existían. Mientras el Consenso de Washington se desplomaba en el mundo, el circuito tradicional de medios en la Argentina seguía –sigue– orbitando alrededor de sus ideas y valores. A veces sucede: los diarios envejecen si las creencias que postulan pasan a ser las del orden que se desmorona y no las del que se está gestando entre sus escombros. Pero eso no quiere decir que los lectores huyan en bandada hacia lo nuevo. Se cambia más veces de pareja que de diario a lo largo de toda una vida. Esto es cierto. No lo es menos que las franjas más dinámicas de una sociedad, las más inquietas, están a la búsqueda de herramientas que las ayuden a interpretar lo que pasa, sobre todo en encrucijadas históricas como las que atravesamos los argentinos.
La Argentina de hoy no es la de hace 20 años. Ni siquiera es la de hace diez. Las políticas de Memoria, Verdad y Justicia son irreversibles. El retorno del Estado como organizador de la economía, también. La inclusión social es una bandera política transversal que sepulta día a día el individualismo. El pensamiento único cede ante la pluralidad de voces. Nuestro país está a la vanguardia de la restitución de derechos civiles. En fin, la Argentina no es el que era hasta hace unos años. Para los que hacemos este diario, está mejor. Tiene algo de lógica, entonces, que un diario que cuente toda la riqueza de este proceso sea valorado por multitudes que cambian dentro de este cambio. Tiempo Argentino nació en 2010. Somos el diario de la Generación del Bicentenario. Punto de inflexión ineludible para comprender las transformaciones colectivas que nos abrigan e interpelan. Somos millones los que advertimos que la capital se mudó de Washington a Buenos Aires. Que la política dejó de ser la cantera de cuadros de los bufetes de abogados de las corporaciones y quiere, pretende ser algo más que eso. Que la democracia de baja intensidad que vivimos hasta 2001 recuperó palabras clave para describir los problemas a solucionar si se quiere construir una Nación en serio. Hoy se habla de “monopolios”, “concentración de la renta”, “distribución del ingreso”, “paritarias”, “soberanía económica”, “grupos concentrados”, “inclusión social”, “militancia”, “juventud”, “batalla cultural”, en fin, se habla de lo que hay que hablar. ¿Cuánto tiempo hacía que esas palabras estaban desaparecidas de la discusión? Y si no estaban, ¿de qué hablábamos, entonces? De nada que pusiera en riesgo el orden que había, basado en las ideas de grupos económicos predominantes que convertían en políticas públicas sus codicias de bolsillo. Así aceptamos las rebajas salariales, la desocupación masiva, el desguace del patrimonio público, la expulsión del sistema de millones de personas, la impunidad para los terroristas de Estado, la partida de los científicos al exterior, el gatillo fácil como política de control social, las relaciones carnales, la pérdida de soberanía sobre los recursos energéticos y los servicios esenciales, y hasta nos convencieron de que las nuevas generaciones estaban destinadas a vivir peor que las anteriores.
¿Cuál es el principal mérito de los periodistas de Tiempo Argentino? Que nos rebelamos a ser simples poleas de transmisión de los intereses y puntos de vista de los dueños del poder y del dinero que gobernaron la Argentina desde el ’76 en adelante. Quisimos ser la voz de lo plebeyo y acallado, porque comprendimos que el Estado de hoy no es genocida ni neoliberal y está, 29 años después de la recuperación democrática, a la izquierda de los fracasados gurúes del mercado. Fue un logro colectivo gigante. El que lo quiera ver, lo puede ver. El que no, se lo está perdiendo.
Nacimos con una impronta nacional, popular, democrática y federalista. Amamos este oficio como el suelo que pisamos. Somos de acá y de ninguna otra parte, y vemos la cara esperanzada de los pibes que cobran la asignación universal, al hijo de la familia obrera que se recibe en la universidad, al trabajador que puede irse de vacaciones con los suyos, al empresario que crea nuevos puestos de trabajo, la fábrica que funciona a pleno porque se sustituyen importaciones, al científico que retorna a aplicar lo que sabe para beneficio de los que les pagaron sus estudios, a los abuelos que pueden comprarles regalos a sus nietos, a las Madres y Abuelas felices porque la justicia está llegando; y porque lo vemos, lo contamos en nuestras páginas. ¿Acaso el Paraíso? No. Falta mucho, pero falta menos.
Cumplimos dos años en el kiosco. Y es difícil explicar por qué Tiempo Argentino es un diario y otros tantos quedaron en el intento. Simplemente contamos como periodistas lo que vimos como personas.
Eso, tal vez sea eso: dejamos testimonio del tiempo que vivimos. Como nos pedía Walsh.
Y nunca dejamos de ser lo que somos: gente que cree que lo imposible sólo cuesta un poco más.
Fuente:Tiempo Argentino

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